El 5 de junio es una fecha que marca mi vida de manera profunda y contradictoria. Un día como hoy, en 1958, llegué al mundo. Comparto fecha de nacimiento con nuestro querido Federico García Lorca, a quien la barbarie fusiló y silenció. Años más tarde, la misma intolerancia golpeó mi vida, pero el destino me reservó un final diferente: la supervivencia y la libertad.
El 5 de junio de 1976, el mismo día en que cumplía los 18 años, crucé las puertas de la prisión de Badajoz para dejar atrás el encierro. Venía de cumplir condena por la tristemente célebre Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, un mecanismo cruel que el franquismo y la Transición utilizaron para criminalizar a quienes no encajábamos en sus moldes morales y políticos.
Hoy, al mirar el auto de libertad que acompaño en esta entrada, no puedo evitar recordar la injusticia de ver una juventud truncada por leyes represivas. Pero también siento el deber de alzar la voz junto a mis compañeros de la Asociación de Expresos Sociales.
Publico este documento para que la historia no se borre. Lo escribo para exigir que jamás vuelva a pasar esto. La libertad y la diversidad conquistadas no se tocan. Por nuestra dignidad y por el derecho a ser libres sin miedo.




