Dos homosexuales que vivieron bajo la represión franquista y la Ley de peligrosidad social cuentan cómo sobrevivía el colectivo LGTBIQ+ entonces.s homosexuales que vivieron bajo la represión franquista y la Ley de peligrosidad social cuentan cómo sobrevivía el colectivo LGTB
Por Marina Prats

"Queremos hablar de aquellos que no tuvieron una voz, que no pudieron amar, que no pudieron existir, que no pudieron vivir, que tuvieron callar y a los que asesinaron, para que no vuelva a pasar en el futuro". Las emocionantes palabras de Javier Calvo al recoger junto a Javier Ambrossi el premio a Mejor dirección en el Festival de Cannes lo decían todo. La bola negra era una película que iba a poner sobre la mesa uno de los aspectos más silenciados de la negra memoria histórica española: cómo se vivía la homosexualidad cuando había que ocultarla o callarla.
La cinta, que ha sido seleccionada por la Academia de Cine para representar a España en los premios Oscar 2027, narra las vidas interconectadas de tres hombres queer en tres épocas distintas —en la Segunda República en 1932, en la Guerra Civil en 1937 y más centrada en la actualidad en 2017— todas ellas ligadas por la sexualidad, el amor, el deseo, el dolor y la herencia.
La historia del largometraje, protagonizado por Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González y Milo Quifes, se despliega a partir de la obra de teatro inacabada homónima de Federico García Lorca, el poeta que fue fusilado por el franquismo precisamente por su sexualidad y su ideología política. Y así ha trascendido también su obra, pese a quienes han querido aprovecharse de ella.
La denuncia de Los Javis no es la única; el escritor David Uclés ha dejado claro que, aunque lo introduce la realidad del colectivo en la Guerra Civil a través del realismo mágico de La península de las casas vacías (Siruela), falta más visibilidad. "En la guerra socialmente no estaba bien vista la homosexualidad, pero sí que había gais, lo mismo que ahora; bueno, menos, porque no existía la libertad de asumirlo", recordó en una entrevista con El Asombrario.
Tras el final de la Guerra Civil y el establecimiento de la dictadura franquista y hasta entrada la democracia en 1978 las personas LGTBIQ+ estaban perseguidas bajo la Ley de Vagos y Maleantes (modificada para ello en 1954) y posteriormente, a partir de 1970, por la Ley de la Peligrosidad Social.
Sin embargo, los personajes de Bernardeau, De la fuente y Quifes en La bola negra existieron y trataron de lidiar con su sexualidad públicamente. Pero también vivieron en ostracismo al que sometían con la 'bola negra' a ese joven que intenta entrar en el Casino de Granada o fingiendo una hombría que no les correspondía en el frente.
"Lo único que podías hacer era ocultarte y disimular", confiesa Ramón Linaza, activista LGTBIQ+ y organizador de la primera manifestación del Orgullo en Madrid en 1978, a El HuffPost .
De hecho, el disimulo, el ocultar la pluma y ser socialmente aceptado fue una de las preocupaciones de su entorno. "Cuando les dije a mis padres que era homosexual, mi padre me dijo 'pues oye, si no lo puedes evitar, intenta que no se entere nadie, porque si se enteran tendrás muchos problemas y no tendrás amigos", detalla y recuerda que la sensación de soledad era de lo más común.
"Esa era la situación general, tú salías a la calle y te daba la impresión de que eras el único homosexual que había en el planeta porque la sociedad era absolutamente homófoba", recuerda Linaza.
Las detenciones, el campo de concentración para homosexuales de Tefía y los (pocos) espacios seguros
Durante el franquismo, se estima que más de 5.000 personas fueron detenidas bajo las mencionadas leyes. Una de ellas fue Antoni Ruiz i Saiz, quien pilló todavía los coletazos de la represión tras la muerte de Franco. El 4 de marzo de 1976 fue detenido con 17 años en su Xirivella (Valencia) natal tras un chivatazo de una tía suya a una monja después de contarle a su madre su sexualidad.
"Le dije a mi madre 'a mí me gustan los chicos y como tengo mi trabajo estable, me voy a vivir con mi pareja'. Lo que peor le supo de eso no es que fuera homosexual, es que la dejara sin el salario que yo aportaba, pero le eché valor. Ella se lo comentó a su hermana y su hermana a una monja que me delató", rememoró en un reportaje a El HuffPost el activista y presidente de la Asociación ex presos sociales. "Sin haber tenido ningún escándalo público, sin haberme pillado teniendo relaciones sexuales con hombres. Nada de nada", aclaró.

Tras su detención sufrió palizas, violaciones y vejaciones de todo tipo. Primero en la cárcel La Modelo de Valencia, luego en la de Carabanchel y posteriormente en la conocida como "cárcel de pasivos" de Badajoz. Otros, mientras tanto, eran destinados a trabajos forzados al campo de concentración de Tefía (Fuerteventura), bajo el nombre de Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía. Estuvo en funcionamiento entre 1954 y 1966, pasaron por allí un centenar de presos, obligados a trabajar en el campo o a cargar piedras durante el día y dormían hacinados durante la noche.
"A Tefía solo le faltaban los hornos crematorios. El resto: las palizas, las humillaciones, la violencia, el dolor, eran el pan de cada día, aparte del hambre y la miseria", recordaba en el libro Viaje al centro de la infamia Octavio García, quien estuvo internado 16 meses a los 21 años.
"Por ejemplo, teníamos códigos. Los homosexuales decíamos: '¿Tú entiendes?' y las lesbianas decían: '¿Tú eres librera?'. Ese era el tipo de lenguaje que gastábamos, entonces había sitios donde podías acudir, sabías que había tránsito de personas y que te podías encontrar, tanto a las lesbianas como a los homosexuales, muy discretamente: en los cines, en las estaciones de tren, en las estaciones de autobuses, en ciertos parques de ciertas ciudades", recuerda Ruiz.
"En Valencia, por ejemplo, lo que hoy es el Jardín del Turia, el antiguo río, en algunas playas, como el Saler y tal. Por Madrid está la Casa de Campo creo, había esos sitios que se iban pasando de boca a boca", detalla.
No obstante, en estas escapadas y reuniones que eran principalmente en casas privadas, eran perseguidos por la secreta, pero los agentes también eran plenamente conscientes de estos espacios públicos.
"Había semanas que no pasaba nada y había semanas que era imposible, porque había furgonetas y te rodeaban con las lecheras y si te escapabas bien, y si no te escapabas, pues ya sabes lo que te tocaba... Dependiendo del juez que fuera, el de Peligrosidad social o el de Vagos y maleantes, y de su pensamiento te mandaban a prisión o no", recuerda.

Para Linaza, la década de los 70 fue una época de "clandestinidad absoluta" y esa doble vida de fingir de puertas para afuera era una constante. "Durante el día, en los espacios sociales o de trabajo, todo el mundo se ocultaba y forzaba la voz para aparentar ser más macho. Luego en los espacios seguros, de confianza, hablábamos en femenino y soltábamos todas las plumas que se nos ocurriera. Había esa dicotomía", rememora este activista.
"Había elementos franquistas homosexuales y tolerados": la cuestión de clase y de ideología
Pero, una vez llegaba la policía no todos los homosexuales eran tratados por igual. "¿Qué pasaba? Si venía la policía y había personas de clase media, media alta, decían que no les iba a pasar nada. Siempre iban a los sectores más marginales, con menos recursos", apunta Linaza, quien recuerda que había un importante sesgo de clase e ideológico. "Los homosexuales, los ricos eran los que más podían y eran los que más se libraban, pero homosexuales de la clase obrera, esos pisaban todos la cárcel", rememora Ruiz.
Pero también eran víctimas más vulnerables otras siglas del colectivo LGTBIQ+, que por entonces ni estaba agrupado. Las mujeres trans, tal y como recuerdan ambos activistas, eran las más represaliadas. "A las transexuales normalmente se las mandaban a todas a la prisión", señala Ruiz.

Esto tiene un claro componente machista además de homófobo, ya que como señala Linaza, "difícilmente pueden ocultar su identidad, son más visibles y más vulnerables porque no hay mayor traición al machismo heteropatriarcal dominante que renunciar al privilegio de ser hombre para hacerte mujer".
Pero lejos de lo que se pudiera pensar, como bien se muestra en La bola negra, que hubiera personas de derechas e incluso franquistas que fueran homosexuales y lo vivieran a escondidas no era nada extraño. Era algo que se daba incluso entre las altas esferas de la Falange.
"Yo tuve un novio falangista, jefe de la Falange en Valencia", confiesa Ruiz, quien dice que no va a revelar su identidad, pero que era vox pópuli. "Claro que lo sabían, falangistas homosexuales y de derechas homosexuales, como hoy en día, solo que menos visibles", añade.
La memoria histórica y el auge de la ultraderecha: tarea pendiente mirando al futuro
Las represiones vividas por Ruiz y por otros tantos hombres, mujeres trans o lesbianas que fueron represaliados en múltiples redadas, como la sonada del Pasaje Begoña en Torremolinos (Málaga), no han sido en su mayoría compensadas.
En 2017 se anunció que 116 expresos sociales —de los 5.000 estimados—, que fueron condenados en el franquismo por su orientación sexual, habían sido indemnizados por la Comisión de Ex presos sociales y el reconocimiento de la Ley de Memoria Histórica. En total, se repartieron 624.000 euros, lo que supone una media de algo más de 5.300 euros por persona. Algo totalmente descompensado tanto entre personas indemnizadas, como en cuantía. Ahora, la conocida como Ley de nietos incluye un apartado en el que hace referencia a quienes se vieron exiliados por su orientación sexual, con la consecuente amputación del derecho a voto.
La dificultad para ello, como comentó la histórica activista LGTBI Boti García en un reportaje de El HuffPost, parte de la dificultad de presentar pruebas. "Para muchas también es difícil probar la represión que sufrieron. Porque no siempre hay documentos. Se las detenía sin más, se les privaba de libertad sin ninguna garantía jurídica. Se las maltrataba, a veces con extrema violencia, sin que constara ni siquiera la detención", detalla.
"Se hacen documentales, pero los vemos una minoría, todavía está un poco pendiente esa deuda con las personas que sufrieron la represión del franquismo por orientación sexual o identidad de género", se queja Linaza, quien cree que desde la memoria histórica no se aborda todo lo que debería ser lo que vivieron las personas LGTBIQ+.
Esta aleatoriedad en las detenciones la pone sobre la mesa este activista, que recuerda que "podías ser detenido simplemente por mostrar un amaneramiento, una forma de moverse o vestir". "Era algo absolutamente arbitrario, no te condenaban por un delito, sino que te condenaban porque se consideraba que eras un peligro por ser homosexual", señala.

Ruiz mira con pena el auge de la ultraderecha actual y pide encarecidamente no confiarse. Incluso llega a comparar las palizas recibidas por los jóvenes en Oviedo bajo los insultos homófobos y gritos de "arriba España" con la represión de entonces.
"Para matar la homofobia y transfobia que aún existe en este país, que proviene del franquismo y del catolicismo. Hace falta contar a las nuevas generaciones de dónde venimos para dejar de escuchar 'maricón' por la calle", sentencia y pide endurecer el Código Penal en lo referente a delitos de odio.
La unión, la diversidad y la alegría, las claves del que fue el primer Orgullo en Madrid celebrado en una manifestación en 1978, abrieron paso a una lucha a la que Linaza y Ruiz piden no quitar ojo. "Ahí estábamos, 10.000 personas defendiendo la libertad, la vida, el derecho a ser quienes somos", recuerda Linaza.
A pesar de la oscuridad que quieren transmitir desde Vox y el blanqueamiento del franquismo por algunos sectores jóvenes, el activista no quiere perder la esperanza, la encuentra en "dos chicas o dos chicos cogidos de la mano". Esa estampa que durante la época más oscura de este país, la tapaba una Bola negra enorme.




