lunes, 19 de mayo de 2014

Contra la homofobia y la transfobia

RICARDO RUIZ DE LA SERNA es analista político, abogado y profesor de Derecho y Comunicación en la Universidad CEU-San Pablo.




El 17 de mayo es el Día internacional contra la Homofobia y la Transfobia. Hay siete países del mundo que castigan la homosexualidad con la pena de muerte: Afganistán, Mauritania, Nigeria, Pakistán, Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Yemen. En más de 80 países, una persona puede ir a la cárcel por tener relaciones sexuales con alguien del mismo sexo. La Agencia Europea de Derechos Fundamentales ha estudiado la situación en la UE y sus conclusiones son muy preocupantes. Dos de cada 3 personas lesbianas, gais, transexuales o bisexuales no se muestran como son en los centros de enseñanza. Un 60% de los encuestados por la Agencia declara haber sido víctima de comentarios o conductas negativas en el ámbito escolar y un 80% reconoce haber sido testigo de estos actos. En el ámbito laboral, las personas transexuales son quienes sufren el mayor rechazo: dos de cada tres han sufrido discriminación en su trabajo o en la búsqueda de un empleo. En España, según datos de la Secretaría de Estado de Interior, hubo 452 casos de delitos de odio relacionados con la orientación sexual de las víctimas en 2013. El 27 de febrero de este año, el Congreso de los Diputados manifestó por unanimidad el apoyo de la Cámara a la declaración del 2014 como el “Año por el Reconocimiento de los Derechos Humanos de las personas LGTB” y condenó la persecución y criminalización de las personas lesbianas, gais, transexuales, bisexuales e intersexuales, así como las leyes homófobas que las institucionalizan, en cualquier lugar del mundo.
El que crea que la homofobia o la transfobia sólo afecta a gais, lesbianas, transexuales o bisexuales está muy equivocado. No recurriré al ejemplo de que en Pakistán ser cristiano puede costarle a uno la vida y ser homosexual también. Tampoco creo necesario recordar el discurso a la vez xenófobo, racista y homófobo de la extrema derecha europea. El discurso del odio reviste muchas facetas y si usted cree estar a salvo solo porque no se dirige contra usted, quizás debería reconsiderarlo antes de que sea tarde. Permítame recordarle los versos del pastor protestante y activista antinazi Martin Niemoeller: “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas/ guardé silencio/ porque yo no era comunista/ Cuando encarcelaron a los socialdemócratas/ guardé silencio/porque yo no era socialdemócrata/ Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas/no protesté/ porque yo no era sindicalista/ Cuando vinieron a llevarse a los judíos/ no protesté/ porque yo no era judío/Cuando vinieron a buscarme/ no había nadie más que pudiera protestar”. El pastor tenía razón y a Europa le costó una guerra devastadora derrotar a quienes se iban llevando a gente con la complicidad de algunos y ante el silencio de muchos. Quizás haya llegado ya su turno pero usted no lo sabe. Piénselo bien por si acaso.
En España, el homófobo todavía goza de cierto prestigio. El desprecio -y aun el odio- con el que algunos hablan o escriben sobre los gais, las lesbianas, los transexuales y los bisexuales son realmente sospechosos. Hay quien parece odiar en los demás lo que en realidad detesta de sí mismo. Unas veces, parece que en el homófobo hay un homosexual luchando por salir; otras solo se trata de un malvado o un resentido. Sin embargo, en general, el problema es simple ignorancia y mucho prejuicio. La invisibilidad de los homosexuales y los transexuales ha hecho que muchos esperen que el gay sea "afeminado” o la lesbiana “marimacho”, como si, aun desde la diferencia, tuviesen que confirmar estereotipos ajenos para ser reconocidos. Otra forma de la discriminación y la injusticia es el doble rasero. El homosexual o el transexual debe reprimirse más que los demás —o incluso por completo- para ser aceptado. Seguro que lo han oído decir-“no me importa lo que sean, mientras no lo exhiban”- como si se tratase de un defecto que debe quedar oculto cuando hay una visita. El varón heterosexual puede presumir de sus conquistas aun cuando muchas de ellas sean ficticias, pero el homosexual debe esconderse “y que no se le note”. Como la mujer, sobre cuya sexualidad puede hablar cualquiera menos ella misma, el homosexual y el transexual sufren la imposición de una representación ajena que los condena a ser invisibles para ser admitidos, a estar en silencio para que alguien les reconozca el derecho a asistir a la asamblea.

De todos modos, afortunadamente, vivimos en una sociedad democrática así que uno no necesita exigir la aprobación de otros sino el respeto de todos. En efecto, lo verdaderamente importante no es tanto lo que digan los homófobos, sino lo que hagamos los millones de ciudadanos que creemos en la libertad —bueno, en realidad, la amamos- y en la ley como garante de unos derechos que todos deben respetar. Ser aceptado o no es una cuestión, en este sentido, menos relevante: generalmente, el tipo que odia no quiere aceptar nada, sino que construye su identidad sobre el rechazo de otro. Se trata, en cambio, de que los derechos se reconozcan y las injusticias se combatan y se reparen.
Por eso, disculparán hoy que no recuerde el caso de gais y lesbianas ilustres o que no evoque los sufrimientos de los homosexuales durante el Reich. Sin duda, sabrán excusar que no ponga ejemplos de lo que sufren los adolescentes a quienes los estigmatizan o los agreden hasta llevarlos al suicidio. No se trata de que a gais, lesbianas, transexuales y bisexuales se los respete “porque” han sufrido o “porque ese sufrimiento nos conmueve” — ya saben, los comentarios condescendientes del tipo “pobrecillos, si en el fondo no son malos”- sino porque son ciudadanos exactamente iguales que usted o que yo. Sin duda hay que recordar y conmemorar, pero creo que la memoria debe proyectarse hacia el futuro.
Todos somos iguales en dignidad. Todos somos humanos y eso es lo máximo que podemos ser. En este día, se reivindican derechos y se pide justicia, no clemencia ni compasión. En ese gay, en esa lesbiana, en el transexual y el bisexual que sufren la discriminación cotidiana de la burla o el silencio impuesto, nuestra sociedad entera se traiciona a sí misma. Esto no va de dar pena sino de hacer justicia.

Si creemos en la razón y el derecho, si de verdad apostamos por la dignidad humana en toda su extensión, solo podemos rebelarnos contra la discriminación y la violencia que la homofobia y la transfobia representan. No solo porque algún día le llegará el turno a usted sino porque, de alguna forma, ya nos ha llegado el turno a todos en esa persona que sufre la injusticia de tener que ocultarse, de ser insultado o agredido, de vivir autojustificándose y pidiendo que le perdonen la vida como si fuese un ciudadano de segunda.
Uno de los rostros más bellos y sonrientes de la libertad es vivir sin dar explicaciones ni esconderse.